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El doctor
Salvador Mazza, médico sanitarista argentino, es una
página destacada de la historia de la lucha contra el mal
de Chagas en la República Argentina. Cursó sus primeros
estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 1910
se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires.
Durante su formación, no sólo se dedicó a la
bacteriología, la química analítica y la patología, sino
que se desempeñó también como Inspector Sanitario y
participó de las campañas de vacunación en la provincia de
Buenos Aires. Se doctoró en la misma universidad y fue
nombrado bacteriólogo del entonces Departamento Nacional
de Higiene. Estuvo a cargo de la organización del lazareto
de la isla Martín García (lugar donde los inmigrantes
hacían cuarentena antes de entrar al país), un laboratorio
cuya función era la detección de portadores sanos de
gérmenes de cólera.
A partir de 1916
ocupó el cargo de Profesor suplente de la cátedra de
Bacteriología del Dr. Carlos Malbrán, y se hizo cargo de
su titularidad cuando el eminente médico renunció. Fue
también Jefe del Laboratorio Central del Hospital de
Clínicas de Buenos Aires y, durante un corto período,
trabajó desde las filas del Ejército en la modificación de
la vacuna antitífica que se inoculaba entonces a los
conscriptos.
A partir de 1916,
Mazza realizó varios viajes a Europa y Africa: visitó los
más conocidos centros científicos de Londres, París,
Berlín y Hamburgo; trabajó durante algunos meses en el
Instituto Pasteur de Argelia, y, en Túnez, conoció e
inició una gran amistad con el Premio Nobel de Medicina
Charles Nicolle, entomólogo y bacteriólogo que cobró
notoriedad por sus investigaciones sobre el Tifus
Exantemático a quien definió como "el padre espiritual
de todos mis trabajos"
En 1925, cuando
Nicolle llegó a la Argentina con el fin de estudiar las
patologías regionales y al tanto de las deficiencias del
sanitarismo nacional decidió apoyar a Mazza en su proyecto
para la creación de un instituto que se ocupara del
diagnóstico y tratamiento de las enfermedades endémicas
del país, especialmente las de noroeste, como por ejemplo
el Mal de Chagas. Así nació la Misión de Estudios de la
Patología Regional Argentina (MEPRA), la institución más
importante ocupada de las endemias en el país que alguna
vez hubo.
Precisamente, la
página principal del accionar científico de Mazza se
ligará con la MEPRA y el Mal de Chagas. Esta enfermedad,
que actualmente afecta a 24 millones de personas en
Latinoamérica y provoca 45 mil muertes cada año, es
causada por un parásito denominado Tripanosoma cruzi.
El parásito llega al ser humano a través de la "vinchuca"
(Triatoma infestans), un insecto que encuentra
especiales condiciones para desarrollarse y multiplicarse
en las deficientes estructuras habitacionales de vastas
regiones de América.
El Tripanosoma
cruzi efectúa parte de su ciclo biológico en el tubo
digestivo de la vinchuca y su período final de evolución
se realiza en la parte terminal del intestino del insecto.
En el momento en que la vinchuca pica y succiona sangre en
el ser humano, expulsa el parásito sobre la piel; la
picazón y rascado posterior facilitan su penetración e
ingreso al torrente sanguíneo.
La enfermedad que
transmiten las deyecciones del parásito es simultánea a la
picadura, que no produce dolor. Se vincula a un cuadro
agudo más o menos inmediato y a otro crónico, alejado en
el tiempo y de más gravedad. El primero puede no notarse
en una gran mayoría de casos, y responde bien a las
drogas, que logran una curación completa. De esta fase,
que presenta manifestaciones mínimas y puede pasar
desapercibida, se pasa lenta y silenciosamente a la más
seria que es la fase crónica: entonces se producirán
lesiones en el corazón, en el aparato digestivo y en el
sistema nervioso central que caracterizaran con diversas
manifestaciones a lo que conocemos como enfermedad o mal
de Chagas.
El Mal de Chagas
fue descubierto en 1909. El brasileño Carlos Ribeiro
Justiniano das Chagas era entonces un joven científico
comisionado por el Ministerio de Salud Pública de Brasil
para estudiar la presencia de focos de paludismo en el
nordeste de su país. Haciendo este trabajo Chagas detectó
enfermos que en la sangre presentaban un parásito,
tripanosoma, al cual denominó cruzi en honor al
investigador brasileño Oswaldo Cruz. Chagas consiguió
infectar y reproducir en monos la enfermedad que él
observaba en humanos mediante la inoculación de
tripanosomas extraídos de la sangre de sus pacientes.
Cumplió así los postulados clásicos necesarios para
caracterizar a una enfermedad infecciosa: el aislamiento
del germen, su asociación con manifestaciones y lesiones
que se reiteran y finalmente la reproducción de la
enfermedad mediante la inoculación del germen a un animal.
Se ha considerado
con justicia a la enfermedad de Chagas como una enfermedad
socioeconómica típica, siempre vinculada a la pobreza y el
subdesarrollo, ya que existe una relación directa entre la
proliferación de los insectos y las viviendas precarias
donde pueden establecerse, alimentarse y multiplicarse.
En 1912 Chagas
presentó la enfermedad por él descubierta y el resultado
de sus estudios realizados en Brasil en los ambientes
científicos de Buenos Aires. Pero inmediatamente, cuando
se comprobó que su descripción de la sintomatología de la
enfermedad era parcialmente errónea, el científico cayó en
el descrédito y la comunidad científica argentina supuso
que la presencia de este parásito en la sangre era un
hallazgo casual y no representaba necesariamente una
enfermedad. Hasta que el médico Salvador Mazza la
redescubrió y la dio a conocer a nivel mundial.
Mazza no se había
mantenido indiferente a los estudios de Chagas y a su
transitorio fracaso en Buenos Aires. Quizá los datos
aislados y contradictorios que había recibido sobre la
nueva enfermedad se sumaron a sus propias investigaciones
en animales y lo llevaron a sugerir la creación en nuestro
país de un instituto que se dedicara a estudiar las
enfermedades propias de la región. Así, en 1928, con el
apoyo de Nicolle, organizó la primera Sociedad Científica
de Jujuy, entidad dedicada al estudio de las enfermedades
propias de la región y que pronto tendría filiales en la
mayoría de las provincias del norte, oeste y este
argentino.
Luego de este
importante paso inicial, en 1928 se creó oficialmente la
MEPRA, organismo dependiente del Instituto de Clínica
Quirúrgica de la Facultad de Medicina de la Universidad de
Buenos Aires. Bajo la dirección de Mazza, la MEPRA contaba
con un equipo multidisciplinario que se ocupó de todas las
patologías regionales humanas y animales, realizando
múltiples actividades terapéuticas, de investigación y
docencia. Entre sus múltiples funciones realizaba estudios
de laboratorio para los casos clínicos, impulsaba y
secundaba reuniones con los médicos de la zona en
verdaderas jornadas de extensión universitaria, efectuaba
medicina y cirugía experimental en animales, no descuidaba
la docencia y atendía sus propias publicaciones.
Jamás, hasta la
creación de la MEPRA, se había encarado en la Argentina un
relevamiento e investigación biológicos de esta magnitud
en el campo de las patologías regionales y con un equipo
profesional multidisciplinario, coherente y de tal
calidad. Los logros de la Misión trascendieron las
fronteras argentinas y se difundieron a países limítrofes,
además de ser reconocidos por numerosos científicos de
todo el mundo.
Como síntesis de
la acción de la MEPRA puede decirse que esta entidad no
sólo ratificó la enfermedad de Chagas cuando ésta era
negada tanto en el orden nacional como internacional, sino
que logró grandes adelantos en el estudio de los síntomas
y lesiones causados por la enfermedad.
Además de
conducir la MEPRA, Mazza logró que le construyeran un
vagón de ferrocarril y que le otorgaran un pase libre para
transitar con él por todo el país. Con este vagón equipado
con un laboratorio y un consultorio completos que él mismo
diseñó, recorrió innumerables regiones argentinas. En su
extenso itinerario investigó y asesoró a muchos médicos
que requerían su ayuda.
Mazza recorrió el
país desde el Lago Argentino hasta el cerro Zapaleri,
desde Caleta Olivia hasta Puerto Irigoyen, explorando,
enseñando, estudiando sin descanso y sin tregua, haciendo
todo de a centenares: extracciones de sangre, cultivos,
exámenes serológicos, inoculaciones, biopsias, etc.. Todo
lo realizó sin preocuparse por la precariedad de los
medios o por lo difícil de las situaciones: desde una
punción lumbar en una carpa de un campamento de obreros
ferroviarios, hasta una autopsia realizada en el suelo, al
aire libre, en una toldería indígena. Se lo podía ver
también en villorrios, dando clases o haciendo
demostraciones prácticas para uno o dos médicos a fin de
interesarlos en el estudio de las endemias rurales.
En el año 1942
Mazza se contactó con Alexander Fleming, descubridor de la
penicilina, con el objeto de obtener un cultivo de
penicilio original para intentar la producción
experimental del nuevo antibiótico en Argentina. Después
de varios fracasos y sorteando muchas dificultades, en
1943 la MEPRA logró producir penicilina. Inmediatamente la
institución envió muestras al extranjero y así se comprobó
que el medicamento obtenido en Argentina estaba a la
altura del producido en otras partes del mundo. Sin
embargo, el gobierno argentino mostró una total
indiferencia ante este logro; lo que resulta asombroso en
un momento donde no había en el país ni una ampolla del
antibiótico y toda la producción extranjera era requisada
para atender las necesidades de las tropas de la guerra
europea.
El médico
argentino contó con más reconocimiento en el extranjero
que en su propio país: en 1944 ya se había publicado en
Bélgica una biografía de Mazza, quien al conocer su
contenido comentó: "Se dice allí que soy un sabio,
pero no existen más sabios. (...) Hubiera preferido que se
dijera que soy un hombre tesoneramente dedicado a una
disciplina circunscripta y en la cual hago lo posible para
no dar pasos hacia atrás..."
De carácter
áspero y pasional, al parecer no tenía la habilidad de
ganar la simpatía y la protección de los poderes públicos.
Estaba muy lejos de lo que se suele llamar "un cortesano
del poder".
Salvador Mazza
murió en 1946 mientras asistía a unas jornadas de
actualización sobre la Enfermedad de Chagas en México. A
partir de su muerte, la institución por él fundada sufrió
una serie de avatares político-institucionales que
concluyeron con su cierre definitivo en 1958. La mayoría
del cuantioso material documental de la MEPRA, fruto de
más de veinte años de trabajo de Mazza y sus
colaboradores, se perdió o fue destruido. |